SALUD MENTAL EN LAS MUJERES Y SOBREMEDICACIÓN

Actualizado: 21 dic 2020



Es un hecho que una mujer tiene más probabilidades de sufrir un trastorno mental a lo largo de su vida que un hombre. Esto, en parte se puede explicar por factores genéticos, pero lo cierto es que las estructuras sociales, culturales, educativas, relacionales, fomentan también la existencia de este tipo de trastornos y, sobre todo, limita las soluciones que se dan al respecto…


El trastorno diagnosticado más frecuente en las mujeres es la ansiedad crónica, con una prevalencia del 9,2%, según el Cuaderno para la Salud de las Mujeres nº7, del Instituto Andaluz de la Mujer, mientras que para los hombres es de un 4%. Los intentos de suicidio son, aproximadamente, 3 veces más frecuentes entre ellas y, según los datos de la Encuesta Nacional de Salud (2017), en Atención Primaria 8 de cada 10 personas que consultan por síntomas para los que no se encuentra causa médica (dolor inespecífico, problemas de sueño, palpitaciones, vértigo, cansancio, irritabilidad…) son mujeres.


Aunque las mujeres han conseguido tener niveles de estudios similares (e incluso mayores) a los de los hombres, viven situaciones laborales más precarias, tanto en términos de paro como en el empleo a tiempo parcial (cuatro veces mayor que los hombres). Esto es debido a la necesidad de atender al cuidado de familiares que, social y culturalmente, recae sobre ellas. De esta manera, no solo son económicamente más pobres y, por tanto, dependientes y vulnerables con respecto al varón, tanto en el presente (por su inferior salario), como en el futuro (por su inferior pensión de jubilación) sino que la dedicación de su tiempo personal es, casi en su totalidad, dedicado al cuidado de otras personas (padres, hijos o familiares dependientes) en lugar de dedicarlo a su propio descanso, deporte, actividades de ocio u otros intereses personales.


Así, aunque las mujeres viven más años que los hombres, lo hacen con peor salud, por su vulnerabilidad (física, económica) y, en los últimos años de su vida, además, por la soledad.

Por otro lado, en España, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer (2020), un 40% de mujeres ha sufrido acoso sexual a lo largo de su vida, un 32% ha sufrido violencia en el marco de la relación de pareja y un 13,7% ha sufrido violencia sexual. El 70% de las mujeres que han sufrido algún episodio de violencia señalan que les han producido alguna consecuencia psicológica.


La OMS señala que la biología determina una parte de la salud de las personas pero, también y sobre todo, se ve afectada por otros factores como la clase social, el nivel educativo, las condiciones laborales, etc. Siendo así los hechos, llama poderosamente la atención que el abordaje predominante a la hora de diagnosticar dichos problemas se base en las premisas biologicistas centradas en los desequilibrios químicos y los problemas físicos. Destaca, por su difusión, el desequilibrio neuroquímico de serotonina como causa principal de la depresión en mujeres, siendo las recetas de medicamentos el tratamiento principal para todo tipo de problemas ansioso depresivos.


Se sabe que con 3-4 años, los niños y las niñas tienen ya interiorizados los roles de género, gracias a la educación y la socialización que experimentan en todos los ámbitos de su vida. Los referentes de los niños y las niñas marcarán, en gran medida, la dirección que tomen sus vidas.


En su tésis doctoral, Las mujeres que nos faltan. Análisis de la ausencia de las mujeres en los manuales escolares, presentada en la Universidad de Valencia, Ana López Navajas analizó la presencia de personajes femeninos en los libros de la ESO, donde observó una mayor recurrencia de personajes masculinos, donde los personajes femeninos aparecían sólo en una de cada 13 ocasiones.


La falta de referentes sociales basados en la inteligencia y el valor en las niñas es un muro para su desarrollo personal puesto que les hace crear unas expectativas más acordes con las de las minorías sociales que con las de la mitad de la población, que es lo que son realmente. Como consecuencia, y en palabras de la feminista radical Kate Millet: “las mujeres, por su socialización, desarrollan rasgos similares a los de los individuos marginados de la sociedad”. Según Phillip Goldber, los rasgos de los grupos marginados de la sociedad, como pueden haber sido los esclavos, cuando lo eran, se definen por: actitud implorante de agradar, el estudio de los puntos flojos del grupo dominante para poder influirle o sobornarle y la apariencia de desamparo o ignorancia bajo el deseo de dominio.

Por tanto, las expectativas creadas por y para las niñas se corresponden con este tipo de valores que, además, son debidamente utilizados y reforzados por el sistema para que crean que ese es su destino y su máxima aspiración. Ocasionalmente, se permitirá a alguna mujer ascender de escala social, a modo de excepción, con el fin de ejercer de órgano censor sobre sus pares (igual que ocurría en la época de la esclavitud).


¿No será así que el hecho de que las mujeres quieran mantener lo que la maestra Amelia Valcárcel el “mandato del agrado” no es más que el producto de esta socialización que puede llegar a afectar incluso a su salud mental por anteponer los intereses de los demás de forma ilimitada sobre los propios?


¿No será que el hecho de que las mujeres tengan menos poder hace que éstas solo lo puedan experimentar de forma “vicaria” mediante lo que Goldber llama “estudio de los puntos flojos del grupo dominante” que obliga a las mujeres a sentirse en competencia unas con otras para lograr la atención de dicho grupo?


¿No será que la apariencia de desamparo e ignorancia es exactamente lo que llamamos “feminidad”, que se fomenta con los referentes, y que tan deseable es para determinado tipo de hombres cuando lo ven en una mujer?


¿No es acaso todo lo anterior un motivo más que suficiente para que muchas mujeres imbuidas en su feminidad y perfectamente adaptadas a esta sientan ansiedad, tristeza, trastornos alimentarios e, incluso, ideas de suicidio?


¿Realmente es siempre la medicación el tratamiento adecuado para esto o existe una estructura social y cultural que induce a sobremedicar como paliativo para que no se gire la mirada hacia la fuente real del problema y que no exista un verdadero cambio social?


Las feministas sabemos que existe una política sexual por la que la sociedad se estratifica socialmente sobre la familia, y esta sobre los cuidados de la mujer hacia sus miembros. Si la mujer dejara de cumplir con este mandato, ¿podría la sociedad seguir existiendo como hasta ahora? ¿Cómo sería la nueva sociedad? Quizá sea el momento de comenzar a probar.

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