EL VIAJE DE UNA MAMÁ A TRAVÉS DE TRANSTOPÍA: UN CUENTO DE AMOR Y DESISTIMIENTO

Traducción del artículo original, de Lily Maynard, del 17 de diciembre de 2016:

A mum’s voyage through Transtopia: A tale of love and desistance | 4thWaveNow


Lily Maynard vive con su marido y su familia en UK. Su hija, Jessie, tenía 15 años cuando comenzó a identificarse como trans.


En este artículo, Lily hace una crónica sobre su agotador viaje de auto educación en relación con los temas trans, y su determinación por compartir lo que aprendió con Jessie que, en un principio, rechazaba completamente los esfuerzos de su madre.


Tras 9 meses, Jessie, ya con 16 años, finalmente desistió de su identificación como trans y, con el apoyo de su madre y otra amiga, previamente identificada como trans, llegó a reconocer y abrazarse como una joven mujer.


Jessie añade sus propias observaciones al final del artículo.


Lily y Jessie están disponibles para interactuar con los lectores en la sección de comentarios de este artículo.



por Lily Maynard


Mi hija Jessie no era una niña “femenina”. De pequeña se le confundía, a menudo, con un chico, a pesar de su largo cabello, porque prácticamente solo se ponía vaqueros y tops de dinosaurios. No le importaban mucho los tonos pastel, la brillantina, los corazones o los lazos que llenaban la sección de niñas de la mayoría de los almacenes. Al crecer, le gustaban Dora La Exploradora y Ben 10; le gustaban los Lego y las muñecas Bratz. En ocasiones, elegía algún top rosa chillón o una bailarina de cristal para el árbol de Navidad.


Una vez, cuando tenía 7 años, en una tienda de segunda mano una mujer le dijo “¡Oh, eres una NIÑA! ¿Por qué estás jugando con ese viejo y sucio camión? Aquí tienes una bonita muñeca”


Así que le compré el camión para dejar clara mi postura y, de camino a casa, fuimos hablando de lo estúpido que era tener juguetes diferentes para niños y niñas. Siempre aplaudimos a las mujeres fuertes en las películas y dibujos. Mis hijos me decían, “Mamá, te encantaría esta película, hay un Papel de Mujer Fuerte en ella”.


Jessie creció jugando tanto con juguetes de niños como de niñas; tenía hermanos; era sociable; tenía un amplio círculo de amistades. Hizo ballet durante media temporada, pero se tropezaba y lo terminó odiando. Intentó hacer futbol, pero se tropezaba y odiaba levantarse temprano. Le gustó el jiujitsu y el patinaje, dibujar y escribir historias. Odiaba las faldas y vestidos y los tomates.


A la edad de 12 años, se pasaba mucho tiempo online. Tenía una cuenta de Facebook y adoraba YouTube, los videos de música, los de gatos; Naruto y Hannah Montana. Se relacionaba sobre todo con un pequeño grupo de amigas cercanas, pero se llevaba bien con cualquiera. A los 13 tuvo su propio IPhone y su portátil, y adoraba One Direction. A los 14, comenzó a ver vídeos de lesbianas YouTubers, Rose and Rosie, y ElloSteph. Durante la mayor parte del tiempo, me gustaron. Estas jóvenes eran divertidas, felices y seguras, y daban buenos consejos sobre la vida. Sus videos estaban bien compuestos, aunque se excedían demasiado a la hora de mirarse al ombligo, habitual en YouTube, para mi gusto.


Jessie, ligeramente gótica, con el pelo teñido de negro y raya negra de ojos ocasional, siempre en vaqueros y camiseta de bandas de música, salió del armario como homosexual justo antes de cumplir los 15. Yo no me sorprendí. Ella había “salido” durante poco tiempo con un chico que había conocido desde que tenía cinco pero, obviamente, no era una gran pasión, así que yo sospechaba lo que me iba a decir meses antes de que lo hiciera.


Poco después, ella hizo un vídeo de YouTube de “salida del armario” y lo subió a su página de Facebook. Dijo que era “gay”; no utilizó la palabra “lesbiana”. Yo pensé que era demasiado joven para definir su sexualidad tan de repente y de forma tan rotunda, como para declararlo al mundo antes de haber tenido una relación. En ese tiempo, yo era muy consciente del papel que la cultura joven de Youtube tenía en la decisión de “salir del armario” con un video. Se lo dije, pero no me sorprendió ni la desalenté. Yo tenía unas pocas amigas cuando era más joven. Si ella era lesbiana, pues que lo fuera. Yo solo quería que fuera feliz y sana.


Poco después, Jessie comenzó a ver ‘videos de “transiciones” en YouTube con sus amigos y hermanos; los chicos majos se volvieron chicas y las chicas majas se convirtieron en chicos; diapositivas interminables de sus historias, tituladas “Línea del tiempo de mi transición”.


Todas las chicas tenían las mismas sonrisas de lado y pequeñas barbas de pelusa. “Nunca me gustó el rosa”, declaraban, “Nunca me gustaron los vestidos, no me atraían los chicos, llevaba ropa de hombre”. Los chicos se retorcían su pelo largo mientras hablaban con sus labios super pintados inclinándose hacia adelante tímidamente y mirando a través de sus pestañas llenas de rímel. “A mí siempre me gustó el rosa” declaraban “Jugaba con juguetes de niña”. Yo me preguntaba por qué esta generación parecía desesperada por meterse en cajas y marcarlas con etiquetas pero, sobre todo, me preocupaba que mis hijos pasaran demasiado tiempo online.


“¡Lee un libro; sal! Era mi mantra. “¡Apaga internet y deja el móvil!”

Jessie me llevó a una convención de YouTube y nos sentamos delante durante la discusión LGTB. Ella era muy fan de un adolescente de alto perfil identificado como chico. Chris se estaba hormonando y se había hecho una doble mastectomía. Chris fue amable con Jessie en el “conoce y saluda” posterior y posó para una foto. Yo no veía a Chris como un chico, pero no lo pensé demasiado en ese momento. Lo que recuerdo eran esos ojos como los de un conejo asustado, una cosita frágil a pesar de las sonrisas.

Jessie pidió cortarse el pelo corto. Yo dije, “Por supuesto”. Me sorprendió lo bien que le quedaba. Donamos su pelo a la Fundación Little Princess , para que hiciera pelucas para los niños con cáncer.


Jessie todavía tenía su teléfono todos los días a todas horas. Yo “confiaba” en ella, a pesar de saber que muchas de sus amigas estaban online la mitad de la noche. Yo sabía que algunas de ellas se auto lesionaban o no comían, o colgaban fotos medio desnudas. Ahora sé que no se trata de confianza. Nadie se imagina a su hija haciendo esas cosas.


Los clicks de las redes sociales son como una espiral, que te aísla cada vez más y te hace más egocéntrico. Son más que la suma de las partes de sus usuarios. Internet puede ser una gran fuente de apoyo, pero se han creado toda una serie de comunidades online para normalizar comportamientos perturbadores: desde la personificación de los trastornos de alimentación con Ana and Mia, hasta foros donde los niños discuten quién se corta más profundamente o con mayor regularidad.


Si mi brillante y feliz pequeña era vulnerable, cualquier niño podía ser vulnerable. No puedes “confiar” en que a tu hijo o hija no le vaya a arrastrar una secta, igual que no puedes confiar en que no le pueda atropellar un camión.


Ellos hablaban de “identidad de género” y el sexo que les habían “asignado al nacer”, como si los nacimientos fueran asistidos por un hada del género distraída que distribuyera genitales de forma aleatoria.


Un mes después de cortarse el cabello, Jessie dijo que tenía algo que decirme. Estaba afligida, con la cara roja y los ojos empañados. Había una pequeña parte de mí que sabía lo que me iba a decir, aunque no me di cuenta hasta después. Tras casi una hora de anda por la habitación cogió un bolígrafo y escribió en un trozo de papel “Soy transgénero”.


A pesar de medio saber lo que me iba a decir, me quedé helada. Había escuchado a gente decir que siempre habían sabido que estaban “en el cuerpo equivocado” pero nunca había habido nada en el pasado de Jessie que sugiriese que ese podría ser su caso. Ella insistió en que los signos siempre habían estado ahí. Ella odiaba llevar vestidos, utilizaba avatares masculinos en los videojuegos, no le gustaba ligar con chicos. Ella no se “sentía” una chica.

“¿Quieres tomar hormonas?” le pregunté en un punto durante la primera conversación. “Te va a crecer barba”, añadí sin sentido.


Ella afirmó. Nunca mencionó la cirugía pero lo visualicé en su futuro. La perspectiva me aterraba. Yo no sabía qué decir. Así que dice “Estará bien”


Ella pareció mucho más feliz después de decírmelo y, después, se fue a la cama, a un millón de millas de distancia, en su habitación pegada a la mía. Yo me fui a la cama también y la oscuridad me gritó. Me levanté de nuevo y me pasé la noche buscando en Google “transgénero” y llorando. Intenté tener la mente abierta. Yo quería apoyar a Jessie más que nada; hacer lo mejor para ayudarla, pero estaba segura de que la transición no era la respuesta que ella necesitaba. Me dije a mí misma que tenía la mente abierta pero ¿era realmente así? ¿Estaba en fase de negación? Dormí muy poco durante las siguientes semanas.


Hablé con una amiga lesbiana, en pánico. “¿Qué quiere hacer él después?” me preguntó. Me sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.


Uno de los primeros lugares en los que busqué información fue en la web del Servicio Nacional de Salud (NHS) porque supuse que aconsejarían de manera imparcial; algo sobre ayudar a la gente con respecto a la reconciliación de sus cuerpos con su identidad. Yo pensaba que creer que eras transgénero sería tratado con una cuestión mental; seguramente la transición sería recomendada como último recurso.


Escribí “Transgénero NHS” en Google, y el primer artículo que apareció fue la historia de un promotor del boxeo que salió como transgénero a la edad de 60; sobre sus “sueños, diarios y disfraces”. Un enlace a ese sitio conducía al grupo de apoyo trans para niños, ‘Mermaids’ que lo dirigían padres que creían que sus hijos habían nacido en los cuerpos equivocados.

Su consejo para adolescentes confusos, en la sección “Creo que soy trans, ¿Qué hago?” consiste en “puedes hablar con tu médico de cabecera sin que te veas obligado a salir del armario con tus padres todavía”.


Después, me di una vuelta por los testimonios de los padres. Mermaids recibe fondos de lotería de UK y es, a menudo, la primera puerta de llamada de padres preocupados en UK. Por lo que pude ver, cada niño mencionado en la web había transitado.


Otro vínculo de la página transgénero del NHS me condujo a un brillante folleto llamado ‘Viviendo mi vida’, presentando fotos de estudio de gente transgénero guapa. Me pareció más un anuncio de cirugía plástica que un folleto informativo.


Alguien de 20 y tantos, con el pelo puntiagudo toca una guitarra y grita a la cámara. "Estamos aquí para pasarlo bien, pero no por mucho tiempo". Una rubia peinada y cuidada en detalle lleva un top escotado rosa salmón, y un par de senos mejorados quirúrgicamente ocupan la mayor parte de la mitad inferior de la imagen. "Siempre fui yo, pero simplemente no parecía yo".


No había nada en ninguno de esos enlaces sobre cómo ayudar a los niños a reconciliarse con su sexo natal. Nada sobre cómo trabajar en ello; nada sobre aprender a amarse uno tal cuál es. No vi nada que afirmara lo obvio: que un chico sano tiene pene y testículos y una niña sana tiene vulva y vagina y que ambos sexos deberían poder hacer todas las cosas que desearan y llevar la ropa que les diera la gana.


Escribí “¿Soy transgénero?” en Google y pinché en el enlace amitransgender.com. Una palabra llenaba la pantalla: SI, en negro sobre un fondo blanco.


“Quiero cambiar mis pronombres,” anunció Jessie. “Soy un chico en el cuerpo de una chica”

“¿Cómo puedes saber lo que siente un chico si eres una chica?” le pregunté.

No pudo o no quiso responder.

“Eres una chica” insistí. “Puedes hacer cualquier cosa siendo una chica, conseguir cualquier cosa siendo una chica, igual que si fueras un chico, pero no puedes ser un chico igual que no puedes ser un gato. No funciona así”.


“Vete”


Mis ojos se abrieron durante las siguientes semanas. Permanecí despierta la mayor parte de la noche, todas las noches. Google me conducía a Youtube, a Reddit, a Tumblr, a Pinterest e Instagram. A posts sobre el rosa, la ropa, el pelo y el maquillaje. A imágenes aparentemente infinitas y diapositivas de hombres, vestidos como estrellas del porno, diciendo ser mujeres.


Vagas explicaciones sobre “sentirse” diferente; sobre “ser tu mismo”. Llegaba a videos de chicas en camisas de cuadros con tupés monos y pechos vendados, que creían genuinamente que eran hombres gay. Hablaban de “identidad de género” y del sexo que les habían “asignado al nacer” como si los nacimientos los asistiera un hada del género que distribuyera sin sentido genitales aleatorios. Se le daba mucha importancia al acceso a los baños públicos y vestuarios de elección.


Numerosos post afirmando con toda la seriedad que “hacer misgender” (llamar con el pronombre “equivocado”) a las personas trans es un acto de violencia comparable con el intento de asesinato, y que la única manera de parar el sentimiento de disforia es abrazar la transición y comenzar a vivir con tu “género preferido”. Inmediatamente. No hay atajos de terapeutas del género ofreciendo ayuda para eso, porque si alguna vez sospechaste que eras trans, entonces, probablemente lo eres.


Si escribes “terapeutas de género en niños UK” en Google obtienes 15 millones de resultados.


En cualquier sitio que mirara, internet parecía deseoso de afirmar que la transición era una cosa simple y maravillosa, la única solución a todos los problemas de disforia física y social. Si no apoyas a tu hijo en la transición, a los padres se les advierte una y otra vez que probablemente se suicidarán .





Aprendí mucho. Aprendí que si no creer que un hombre se pueda convertir en mujer, que si eres crítica del género, se te llamará TERF, tránsfoba y se te dirá que “te eduques” en el mejor de los casos, “muérete en un incendio” en el peor.


Me familiaricé con el término ‘muérete escoria cis’ (‘cis’ significa persona no trans). Aprendí que si eres una lesbiana a la que no le gusta hacer felaciones, eres una tránsfoba. Se te puede llamar cisbiana y eres responsable del ‘techo de algodón’.


Los hombres se quedan embarazados y tú deberías decir ‘chestfeeding’ (algo así como “pechamiento”) no ‘amamantamiento’. Las magdalenas con forma de vulva son violentas. Las mujeres que menstrúan se llaman ‘personas menstruantes’ para no provocar a las mujeres trans que no pueden menstruar, o a los hombres trans que no desean que se les recuerde que lo hacen. El término “mutilación genital femenina” es ‘cis sexista’.


A menudo, las personas de mediana edad con nombres como Misty o Cristal serán las que explicarán, amablemente, esto a los jóvenes confusos “no binarios”. Si tu hijo piensa que es trans, hay una hueste de adultos interesados ahí fuera. Ellos le ayudarán a seleccionar su ropa interior, le aconsejarán sobre cómo comenzar la transición tan pronto como puedas. Algunos te aconsejarán que ocultes tus sentimientos delante de tus padres porque podrían volverse ‘gente odiadora y loca’ si sales del armario con ellos.


A los hermanos preocupados se les dice que se callen si no quieren tener un suicidio en sus manos. En unos cuantos clicks tendrás consejos sobre cómo conseguir un binder sin que tus padres lo sepan: algunos sitios incluso te conducirán a conseguir un binder de segunda mano gratis. Consejos sobre cómo conseguir hormonas online ilegalmente y cómo conseguir ‘cirugía de senos de forma rápida’ mintiendo a un terapeuta a tan solo unos cuantos clicks.


Comencé a coger el teléfono de Jessie por las noches.


Esta es la cuestión—los adolescentes son disfóricos. La disforia se define como un “estado de incomodidad o insatisfacción generalizada con la vida” y eso es un resumen de lo que es ser un adolescente para muchos niños y niñas. Muchos adolescentes sienten que no están en el sitio adecuado, la vida adecuada, el tiempo adecuado. No es un salto tan grande, especialmente para una chica lesbiana, concluir que está en el cuerpo equivocado.


Los niños y niñas trans llaman a los nombres que les dieron sus padres al nacer su ‘deadname’ (nombre muerto). La apelación es clara. La sociedad demanda cosas imposibles para nuestra juventud. Se espera que nuestros chicos sean duros, que se “hagan hombres”, que desprecien a las mujeres pero que las consigan, a valorar el dinero y el poder sobre cualquier otra cosa. ¿Es de extrañar si eluden lo que se les dice que es la hombría?


Y, si es duro para ellos, es mucho peor para las chicas. Ellas tienen que afrontar infinitas imágenes de perfección física con aerógrafo en una sociedad donde a las mujeres se les dice que pueden “tenerlo todo” pero que están retratadas como disponibles sexualmente, de forma constante, así como inferiores física e intelectualmente.


Estamos educando a nuestras niñas en una sociedad donde las mujeres todavía ganan casi un 20% menos que los hombres por las mismas horas de trabajo; donde el porno online está a un click de distancia; donde un tercio de las mujeres jóvenes entre 18 y 24 años reportan haber sido sexualmente abusadas en la niñez y una de cada veinte reportó violaciones que acabaron en condena. ¿Es realmente de extrañar que las mujeres jóvenes quieran cortarse no solo el cabello sino sus pechos y que fantaseen con emerger como si salieran de una crisálida para unirse a los hombres en su posición de poder y privilegio?


“El género es un constructo social” repetía yo. “Tú eres biológicamente una chica. No puedes tener ni idea de lo que se siente al ser un chico, porque no lo eres. Ser una chica no tiene nada que ver con que te dicten lo que te guste hacer o vestir o a quien amar”


Ella dijo “soy un chico” “No, eres una chica”

“No me puedes decir cómo me siento”


Me preocupaba hasta la enfermedad que, con casi 16 años, mi niña estuviera a unos pocos meses de poder visitar al médico de forma privada y comenzar con el tratamiento hormonal. De hecho, como después supe, algunos niños en UK reciben hormonas cruzadas de médicos privadas a edades tan tempranas como los 12 años.


Cuando comencé mi investigación en el transgenerismo online, no pude encontrar nada que cuestionara la narrativa trans. Todo decía que la transición era la respuesta, la única respuesta.


Entonces, encontré 4thWaveNow, Transgender Trend y Gender Critical Dad .Estas páginas web estaban ahorrando luces en el resplandor azul de mi portátil en aquellas noches de insomnio. Desde ahí me condujeron a otras que cuestionaban la Transtopía.


Leí, con una mezcla de alivio y desmayo, artículos que mostraban un tremendo incremento en personas jóvenes que se identificaban como “trans” y se presentaban en las clínicas de género en los últimos años.


Aquellos que eran más proclives de ser succionados parecían ser chicas blancas, de clase media que pasaban horas de forma compulsiva en las redes sociales.


Leí posts de thissoftspace y crashchaoscats. Vi videos de YouTube inspiradores de Peachyoghurt. Leí el libro de Sheyla Jeffreys “Gender Hurts” (el género daña). Me uní a grupos de feministas radicales online y conocí mujeres maravillosas llenas de amor y rabia que enseñaron mucho.


Leí historias sobre niños que transicionaban con 5 años y sobre padres que descubrían que su hijo había “cambiado sus pronombres” en el colegio hacía meses, pero que el colegio tenía una política de no discusión sobre el tema con los padres.


Vi libros de dibujos que animaban a los niños a cuestionarse si habían nacido con el sexo “adecuado”. Leí sobre una mujer que había comenzado un crowdfunding para que su hija discapacitada, hospitalizada en la UCI, se pudiera hacer la cirugía de senos. Vi videos donde chicos jóvenes se ponían pestañas postizas y pintalabios y llevaban el pelo largo y rizado y decían al mundo que, en realidad, eran chicas, mientras sus padres sujetaban las cámaras que transmitirían sus vidas al mundo mediante sus propios canales de YouTube.


Un trans identificado llamado Jazz Jennings protagonizaba un programa de telerrealidad. Leí sobre boxeadores que hospitalizaban a mujeres en las luchas y que eran MTT (hombre a trans), sobre golfistas MTT que de repente se volvían campeones del mundo, sobre MTT de mediana edad que jugaban en equipos de baloncesto femenino.


Y leí historia tras historia sobre mujeres y niñas que eran abusadas en baños, vestuarios, prisiones y refugios por hombres que se identificaban como mujeres y usaban el privilegio que les daba invadir espacios de mujeres. En toda mi investigación en internet, nunca encontré una sola historia sobre un MTT siendo atacado en baños de hombres.


Le mostré a Jessie un gráfico que registraba el incremento arrollador en el número de niñas que se identificaban como trans en la última década. Parecía, de alguna manera, sometida a eso. “Una mujer no puede convertirse en hombre, es imposible”, razonaba yo. “¿Cómo puede tu cuerpo estar equivocado y tu cerebro estar bien?”


Ella repetía “Estoy en el cuerpo equivocado”


Caminábamos en círculos. Y entonces, en mis andanzas por internet, descubrí a “Jake”

Jessie se había creado un perfil online como un chico trans llamado Jake. A medida que se desenredaba la historia, descubrí que Jessie no había conocido a su nueva novia Beth en una fiesta, como me había dicho. Por el contrario, la había conocido por internet, y en lo que a Beth concernía, ella tenía un novio, un chico trans llamado Jake. En lo que a Beth se refería, Jessie Maynard no existía.


Yo estaba asolada, perdida, furiosa. Habíamos acordado una regla estricta de “no perfiles falsos online” y ella la había roto y luego me había mentido.


“No es un perfil falso” me gritó y dio un portazo en su habitación “¡Soy yo!”


Cambié las contraseñas de internet y le compré un “teléfono ladrillo”, un teléfono sin acceso a internet. Ella no estaba impresionada.


Pero no intenté que Jessie dejara de ver a Beth, o ninguna de sus otras amigas. Beth vivía a dos horas de nosotras, pero le pagué a Jessie el tren para que la visitara quincenalmente y le devolví su viejo teléfono para que hiciera FaceTime la mayoría de las tardes. Me emocionó que Jessie quisiera que yo conociera a Beth, y me las llevé a cenar. Yo tenía sentimientos encontrados. Por un lado, sentí que la relación reforzaba su confusión. Por otro sentí que podía ayudar a que se aclarase. Y aun así yo estaba aterrorizada de que Jessie se hubiera creado ese mundo online, y se hubiera deslizado tan fácilmente hacia él, convirtiéndolo en su propia realidad.


Hubo quien empezó a llamarla Jake, amigos que había conocido online, y unos pocos amigos de la vida real. Incluso algunos de los padres de sus amigos, descubrí, usaban el nuevo nombre y pronombres.


“¿Tú crees que Beth te ve realmente como un chico?” le pregunté una tarde.

“Si” Jessie ni siquiera levantó la mirada del libro.

“¿De verdad?”

“Ella dice que si es así como yo me identifico, así es como ella me ve” Jessie levantó la mirada esta vez, y pareció un poco dudosa “Me lo he preguntado alguna vez,” admitió.


A veces me sentaba con ella, convenciéndola para que me explicara como se sentía, intentando con todas mis fuerzas entender cómo podía pensar que realmente era un chico; diciéndole lo mucho que valía y lo creativa que era y la gran vida que tenía por delante.

A veces no lo podía soportar más.


“Hagas lo que hagas contigo misma, siempre serás una mujer” grité exasperada. “¿Quieres una vida donde todos alrededor tengan miedo de decirte que piensan que eres lo que no eres?¿Quieres pasar el resto de tu vida poniéndote hormonas? ¿Quieres una media barba, pechos fantasmas y una vida basada en una mentira?”


A veces me dejaba de hablar. Yo no la culpaba.


Como he dicho, internet me repetía que mi hija podría suicidarse si yo cuestionaba esta nueva identidad o si la transición era la mejor respuesta a sus sentimientos. Yo no lo creía. Jessie no parecía suicida. Enfadada y confundida, sí. No parecía haber lugar para cuestionar, nadie que le dijera a estos chicos que podrían estar bien tal y como eran—que eran las expectativas de la sociedad sobre lo que debería ser un hombre o una mujer lo que había que cambiar, no ellos. Esta condición auto diagnosticada parecía ser aceptada sin cuestionamientos por la mayoría de terapeutas y profesionales de la salud.


Comencé un grupo de Facebook solo para Jessie y para mí, donde ponía enlaces de blogs, artículos, noticias y reportajes que encontraba en internet, y comprobaba si los había leído sacando la conversación.


A veces yo decía “Puedes coger tu teléfono para llamar a Beth después de haber leído el artículo”

O “Ya friego yo, tu vete a ver ese video”


Muchos de los enlaces que yo compartía con ella explicaban que el género es una construcción social. Algunos explicaban el mito de que nuestros cerebros tienen género; en algunos se discutía qué es ser una mujer . Muchos conectaban el transgenerismo FTT (mujer to trans) con la dominación masculina, algunos discutían la misoginia interiorizada.


Me aseguraba de que ella supiera que la detransición ‘existía’ y que los que detransicionaban eran rechazados por la comunidad que les había animado a transicionar en primer lugar. A veces leíamos artículos o veíamos videos juntas. Ella ponía los ojos en blanco mucho, pero no parecía importarle demasiado.


“Nada ha cambiado. Sigo siendo un chico”


“¿Qué hay de Rachel Dolezal? Ella nació blanca pero, honestamente, se siente negra. ¿Cuál es la diferencia?”


“La hay”


“¿Por qué?”

“Estoy cenando, mamá”


Leía todo lo que caía en mis manos. Me quedaba despierta la mayor parte de la noche, la mayoría de las noches, leyendo y copiando y pegando enlaces adecuados para que leyera Jessie. Era más fácil que tumbarse en la oscuridad, pensando en mi perfecta hija quitándose los pechos en unos años. Aprendí sobre binders y los problemas que pueden causar.


Aprendí que el vello facial producido por la testosterona, a menudo, permanece aunque se dejen las hormonas. Vi fotos que desearía no haber visto. Un torso preoperado con senos y pelo en el pecho. Fotos de pechos mal cicatrizados, retorcidos ; de pezones que parecían como si hubieran sido pegados con pegamento o mal cosidos después, informes sobre pezones que se habían caído. Una foto de un tejido sangrante de un seno cayendo en un bol plateado de cirujano. Vi fotos de penes construídos que parecían hojaldre enrollado y la carne cruda expuesta que había sido cortada de los brazos y muslos para construir esos penes.


Aprendí sobre cómo una vagina artificial se puede construir a partir del saco escrotal, y cómo, en palabras de un MTT, “a algunos tejidos les faltan nutrientes y oxígeno y tienden a morirse”.


Aprendí sobre el ‘síndrome del pene fantasma’ y cómo puede afectar a los MTT operados cuando se excitan.


Era horroroso. Nada parecido a los videos de YouTube sobre “La Historia de Transición de mi hijo de 2 años”. No pedí cita para que el doctor viera a Jessie. No la llevé a la clínica de género.


“No eres un chico heterosexual, Jessie. Eres una lesbiana”, le razonaba.

Ella gritaba, furiosa “¡No soy una lesbiana!”


Llegó su 16 cumpleaños y se fue. Tenía una fiesta y sus amigos se apoderaron de la planta baja. Eché un ojo desde arriba. Algunas niñas góticas de aspecto enfadado fumaban y bebían cerveza en el fondo del jardín.


“¿Quiénes son esas chicas?” pregunté al siguiente día.

“Esos chicos eran Ryan y Jake.”

Resoplé.


Intenté encontrar un terapeuta para Jessie que le pudiera ayudar a reconciliarse con el hecho de ser mujer. El único terapeuta abiertamente crítico del género que encontré en Google vivía en Texas. No nos servía de nada, entonces. Me puse en contacto con varias personas por email, pero no pude encontrar a nadie que trabajara en nuestra área. Aquellos con los que me comuniqué eran maravillosamente solidarios pero me pedían que no les nombrara, que no diera su email y que no hablara de ellos. El mensaje estaba claro—cuestionar la transtopía públicamente podía ser un suicidio profesional.


Jessie hablaba despectivamente de ‘otherkin’, el mundo de las personas que, seriamente, ‘se identificaban con animales. Gatos, sobre todo, o lobos y, a veces, dragones. Ella no les tomaba muy en serio. Yo decía que no podía ver gran diferencia entre las creencias de ellos y las de ella. Ella frunció el ceño, pero luego se rió.


Le enseñé fotos a Jessie de Danielle Muscato y Alex Drummond: ambos hombres que se consideran mujeres. Le enseñé una foto de una FTT (mujer a trans) que decía que era un hombre gay, amamantando a su bebé. “¿Hombre o mujer?” le molesté. “¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre?”


Vimos un video sobre Paul Wolscht, un hombre de cuarenta y muchos años que ahora se “identifica” y “vive como” una niña de 7 años. Jessie estaba horrorizada. Decía que era asqueroso. Yo decía que, si el género estaba realmente relacionado con la identidad, entonces, su identidad era seguramente tan válida como cualquier otra. Ella me miró, incrédula. Me encogí de hombros. Hubo un silencio.


Le enseñé el Canal de YouTube de Peachyoghurt y vimos los videos juntas. Peachyoghurt hizo que Jessie se riera. A veces yo sentía que estábamos llegando a algún lado, pero cuando le preguntaba, la respuesta era siempre la misma.


“No ha cambiado nada. Sigo siendo un chico”


“¿Y qué hay de Rachel Dolezal?” Le pregunté un día, en medio de la cena. “Ella nació en el cuerpo de una blanca, pero se siente negra. ¿Cuál es la diferencia?”


“La hay”

“¿Por qué?”

“Estoy cenando, mamá”


Le enseñé que el género es una jerarquía; le dí artículos que demostraban que las “transmujeres” tenían tantas probabilidades de ser arrestadas por violencia machista contra las mujeres que los hombres; y que los hombres ricos y viejos están invirtiendo grandes cantidades de dinero en las transiciones de niños.


Suspiro. “Sigo siendo un chico, mamá. Nada ha cambiado”


Cuando Jessie tenía que hacer la matrícula del instituto con 16 años, me dijo que quería registrarse como chico, como Jake. Yo ya lo había visto venir y no me gustaba nada. Sentía que cuanto más cedía con Jake; cuanto más asociara las cosas buenas de su vida con ser percibida como hombre, menos sitio quedaría para Jessie. Cuanto más desapareciera dentro de las aguas de Transtopía, más duro sería volver. Me preocupaba el efecto en su educación, y el daño que la gente con autoridad le pudiera hacer al comprar su engaño. Yo estaba dispuesta, al menos, a alargar el tiempo y el espacio para pensar antes de entrar en una vida en la que su “transidad” fuera, o bien el elefante en la habitación, o el principal foco de su vida. Ella había obtenido una plaza en un instituto excelente a una hora de nuestra casa. Me arriesgué.


“Puedes hacer lo que quieras cuando cumplas los 18” le dije. “Pero, por ahora, te registras como Jessie—como una chica—o vas al instituto que está a dos bloques de nuestro apartamento”


Decir que ella no estaba contenta sería quedarse corta. Hubo lágrimas y hubo gritos. Pero ella se registró en el instituto como Jessie Maynard.


Sabemos que se supone que deberíamos decir que las mujeres trans son mujeres. Sabemos que les molesta cuando no lo hacemos. También sabemos, aunque lo pensamos mucho menos, que se espera que digamos que las chicas adolescentes que se creen chicos, son realmente hombres. La razón por la que decir “las mujeres trans son mujeres reales” es tan importante porque en el minuto en el que dejamos de comprar esa “realidad” toda la casa de hecha de palillos se desmorona.


Hablé con Jessie sobre la forma de tratar a chicos y chicas de forma diferente y de cómo sus cerebros desarrollan diferencias a causa de ello. Le recordé que en la época victoriana y bien entrado el siglo XX, el rosa era considerado un color de chicos y que los chicos llevaban vestidos hasta que tenían 8 años. Las expectativas del género son diferentes en las distintas culturas. ¿Cómo podría tu cerebro estar bien y tu cuerpo mal? ¿Es Caitlin Jenner realmente una mujer, y la peor parte de ser mujer es realmente decidir qué ponerse? ¿Pueden 60 años de privilegio masculino ser arrancado con cirugía y pintalabios? Hablé mucho. Después de un tiempo, siempre preguntaba “¿Quieres que me vaya?” Normalmente me decía “Si”, pero a veces sacudía su cabeza y me decía “No, te puedes quedar”.


Le dije lo enfadada que me hacía estar el hecho de que ella tuviera amigos cuyos padres usaban sus “pronombres preferidos”, porque yo no le diría nunca a una chica anoréxica que estaba mejor delgada, o lo bien que le quedaban las cicatrices en los brazos a un chico.

Intenté apoyarla y hacerle saber que yo siempre la querría, pero que no me alejaría ni por un minuto de la idea de que una mujer no puede “convertirse” en hombre. Jessie y yo nos fuimos de paseo, al cine; salimos a comer. Yo la miraba y pensaba en lo inteligente que era, lo compasiva, lo reflexiva, lo bonita, que no podía soportar la idea de que se pudiera auto mutilar por algo que jamás podría tener. Yo llevaba gafas de sol demasiado a menudo en verano, pero me ayudaba a ocultar mis ojos.


Después, en una fiesta, Jessie se encontró con una amiga que no había visto durante un año. Hazel había vivido como un chico llamado Harvey durante 8 meses y luego se reidentificó como una chica. Era una desconocida para mí, y estuvieron hablando mucho durante las siguientes semanas.


“¿Qué dice Hazel de todo esto?” le pregunté, curiosa, cuando Jessie me lo dijo. Ella encogió los hombros “Más o menos lo mismo que tu”


Cuando me preguntó si podría ir a pasar el fin de semana a casa de Hazel, obviamente, dije que sí. Comencé a cruzar mis dedos y esperar a que llegara la luz al final del túnel.


Una semana más tarde me dijo “Estoy pensando sobre todo esto, mamá. Ya no estoy segura de lo que creo”


Jessie comenzó el instituto y nunca la había visto tan feliz. Poco a poco parecía comenzar a reconciliarse con el hecho de ser mujer. Luego me dijo que quería decirme algo “después”. Yo creía que lo sabía, lo sospechaba, lo esperaba con esperanza. Esperaba y el tiempo pasaba muy despacio.


Un día me escribió de camino al instituto “Soy una chica. Nunca fui un chico”


Ella le ha dicho al grupo de amigos que la llamaba Jake lo mismo. Beth fue muy comprensida diciéndole “Ahora tú eres mi género preferido”. El único amigo que la decepcionó es un chico.


“Te estás volviendo problemática” le dijo a ella “Necesitas educarte”

Jessie vio la ironía.


Jessie escribió un post respetuoso pero crítico en su cuenta de Tumblr y dos de sus seguidores “transchicos” le escribieron diciendo que también se habían sentido así durante un tiempo y le pidieron que les contara más.


Ella, actualmente, se escribe con muchas personas jóvenes que están experimentando confusión de género. Espero que ella pueda ayudarles, igual que su amiga Hazel y yo la ayudamos a ella, a darse cuenta de que su potencial no debería estar gobernado por sus genitales; de que el problema es el género y la solución es intentar cambiar el sistema, no a ti misma.


Me doy cuenta de que podía haber ido todo terriblemente mal; Jessie podría haber dado la espalda a nuestra familia y comprado el mito de que cualquiera que cuestionara la ideología trans era fóbico, alguien lleno de odio y que debería ser aislado en nombre de la liberación y de encontrarse con uno mismo.


Si las cosas hubieran ido por ese camino, habría perdido a un niño además de una hija. Cada familia es diferente y no me atrevería a decir a otro padre o madre cómo manejar la situación con un hijo transgénero. Es un campo de minas. Si yo hubiera sentido que Jessie necesitaba una transición para seguir viva, habría actuado de una manera diferente, pero ni por un momento sentí que estaba en peligro de arriesgar su propia vida. Desde luego, jamás pensé que mi hija me diría que era mi hijo, tampoco.


No discuto que, para un pequeño número de personas, su dismorfia corporal y de género haya llegado tan lejos que el único modo confortable que hay para que puedan sobrevivir en esta cultura es vivir como el sexo opuesto. Estas personas deberían tener los mismos derechos que el resto de nosotros, no deberían ser discriminados y deberían llevar a cabo sus temas con seguridad. Vivienda y trabajo deberían estar abiertos para ellos, igual que para cualquier miembro de la sociedad. No quiero menospreciar su sufrimiento y no me atrevería a hacer “misgender” a nadie en su cara. Pero un hombre no es una mujer y una mujer no es un hombre. Hay diferencias biológicas, y la biología es la base fundamental para la opresión de las mujeres.


Decir que ser una mujer no es más que un sentimiento es promover el borrado de las mujeres. La idea de que deberíamos comprar el mito de que nuestros jóvenes “nacen en el cuerpo equivocado” porque no se sienten conformes con los estereotipos de género actuales es un doble discurso digno de una distopía Orwelliana.


El hecho de que las chicas adolescentes, predominantemente lesbianas, estén rechazando ser mujeres en un intento de convertirse en sus opresores, debería horrorizar a la sociedad. Sin embargo, estamos haciendo que “ser trans” se convierta en la última moda y hacemos desfilar a estos niños en los periódicos y en los realities de TV. No sé dónde acabará.


Lo que sí se es que si hubiera dejado a Jessie registrarse en el instituto como un chico y la hubiera llevado a la clínica de género estaríamos viendo una película muy, muy diferente ahora. Mi preciosa hija de 16 años habría dado un paso hacia la transición pública y hacia una vida de medicalización. Estaría mirando a un futuro muy diferente.


Gracias a todos aquellos que me habéis apoyado. A las mujeres y hombres que han escrito tan honestamente sobre sus experiencias como padres, o como jóvenes adultos que cuestionan el género. No hay palabras para describir la fuerza que me disteis cuando yo necesitaba creer que estaba haciendo lo correcto al no apoyar a Jessie para su transición inmediata. Hay una mujer joven saludable y fuerte más, convirtiéndose en feminista.


Pensamientos de Jessie Maynard:


Aunque en ese momento no lo apreciaba, la constante repetición de “no puedes ser un chico” me hacía bien. Un montón de bien. Había estado pasando demasiado tiempo en internet y tenía en mi cabeza que, de alguna manera, las chicas biológicas podían ser realmente chicos, si se “identificaban” como tales (y viceversa).


Como alguien que ha tenido siempre un control básicamente realista del mundo, por alguna razón, había sido empujada a un mundo donde los chicos podían ser chicas y las chicas podían ser chicos. Yo sentía que por decir que era un chico, era un chico.


En ese tiempo, sentía que el hecho de que mi mamá no me estuviera llamando inmediatamente Jake y utilizando los pronombres masculinos era horrible y transfóbico. Pero a largo plazo, sin su resistencia, probablemente no habría sido tan feliz como lo soy hoy, porque seguiría pensando que soy un chico e intentando “pasar” por un chico (algo que jamás podría hacer sin alterar las hormonas del cuerpo).


Creo que si hubiera cambiado mis pronombres en septiembre y me hubiera registrado en el instituto como un chico, sería mucho más desgraciada porque estaría intentando “pasar” constantemente por un chico y no estaría haciendo los amigos que querría porque estaría intentando encajar con la “manada masculina”. Cuando llegué al instituto, hacer amigos no fue mi motivo principal, sin embargo, los amigos que hice eran casi todas chicas, y no creo que hubiera tenido esas amigas de haber intentado encajar como un chico.


Sobre todo, entender que el género es un constructo social me ha cambiado mucho respecto a mi vida personal, y en mis ideas sobre feminismo y el modo en que las mujeres y los hombres son tratados, especialmente las mujeres, por el movimiento trans.


Estoy contenta de haberme dado cuenta antes de que fuera demasiado tarde, ya que ahora soy más feliz con mi cuerpo y mi identidad. Creo que, en conjunto, muchas chicas que no se habrían identificado como transgénero hace 10 o 20 años, están ahora pensando que lo son, lo cuál es muy peligroso y perjudicial para ellas y creo que hablar con ellas de forma madura y explicando el género como un constructo social podría realmente ayudarles.

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